domingo, 19 de febrero de 2012
DIALECTICA DEL ARTE
Al definir el arte como “una forma específica de la conciencia y de la actividad creadora humana la cual consiste en un reflejo de la realidad a través de la elaboración de imágenes artísticas que encarnan una actitud estética del ser humano hacia ella.“ encontramos en el hecho artístico un conjunto de características que tenemos que considerar al momento de su estudio: el arte es una forma particular del trabajo creador de la mujer y el hombre, es reflejo de la realidad, tiene un carácter cognitivo y contenido ideológico.
El artista está condicionado histórica y socialmente por la sociedad donde vive, sus ideas políticas, morales, religiosas y filosóficas, que corresponden a la superestructura, de la cual forma parte el arte y donde las ideas de la clase dominante son las ideas dominante en dicha sociedad, por lo tanto toda producción artística es expresión de la visión del mundo del artista en dicho contexto.
El arte como medio de conocimiento subraya el acercamiento a la realidad; el artista busca captar los rasgos esenciales de la realidad para reflejarla pero en modo alguno es su imitación o reproducción; el arte ve a la mujer y al hombre y a las relaciones humanas en una realidad específica como un todo único vivo y concreto que transforma la realidad para crear una nueva. En tal sentido al caracterizar el arte como forma o medio cognoscitivo (de conocimiento) debemos reflexionar y preguntarnos: “qué es lo que conocemos y cómo se da ese conocimiento”.
Marx y Engels destacaron la función cognoscitiva del arte en sus opiniones de diversas obras de los grandes escritores del siglo XIX, al igual que los artículos de V.I.Lenin acerca de Tolstoi sin desvincularlo de su carácter ideológico y a la vez reconociendo que entre la función cognoscitiva del arte y su naturaleza ideológica las relaciones son complejas y contradictorias.
El arte expresa y refleja al hombre y además lo hace vigente, en tal sentido en toda producción artística siempre está presente lo humano, con lo cual destacamos su estrato más profundo y originario, a saber: el arte es una forma particular del trabajo creador.
CULTURA POPULAR Y CULTURA PROLETARIA
Hemos definido la cultura cómo el conjunto de todos los aspectos de la actividad transformadora humana y de la sociedad, así cómo los resultados de está actividad por lo cual la cultura es producción pues consiste en una apropiación y transformación de la realidad material y social mediante el trabajo y para satisfacer una necesidad social, de acuerdo con el orden económico vigente en cada sociedad (TP 4 al 24 de febrero de 2011 pg 13), así mismo como el objetivo del capitalismo es la ganancia (plusvalía) sobre la base de la explotación del hombre por el hombre y convirtiendo a toda la producción humana (sea material e intangible) en mercancía cuyo valor es de cambio, las producciones culturales, como todos los bienes, son mercancías, por lo cual su valor de cambio prevalece sobre su valor de uso. Es decir la producción cultural es mercancía que tiene valor solo por su precio.
Al analizar la cultura como producción en la sociedad capitalista aplicando el marxismo identificamos tres momentos del proceso de producir, a saber: producción, distribución(o circulación) y consumo (o recepción) nos permite tener una visión global del proceso que explica el sentido de la producción cultural en su trayectoria social y así mismo caracterizar las tres áreas en que la división social capitalista burguesa separó las actividades culturales: cultura de elites, cultura para las masas y cultura popular. En este contexto la cultura popular es aquella producida por las clases populares (clase obrera, campesinos, clase media baja), la cual privilegia el consumo como utilidad placentera y productiva de representación y satisfacción solidaria, es cultura de resistencia y liberación, es producción cultural que surge de las condiciones materiales de vida y está arraigada en ellas, es así que en las clases populares las canciones, las creencias y las fiestas están estrecha y cotidianamente ligadas a los trabajos materiales en que entregan casi todo su tiempo.
Por otra parte V.I.Lenin planteo sobre la cultura proletaria lo siguiente:"...sólo se puede crear... cultura proletaria conociendo con precisión la cultura qué ha creado la humanidad en todo su desarrollo y transformándola,...La cultura proletaria no surge de fuente desconocida, no es una invención... La cultura proletaria tiene qué ser el desarrollo lógico del acervo de conocimientos conquistado por la humanidad bajo el yugo de la sociedad capitalista,…"(1), es decir que la cultura proletaria no es más qué el desarrollo de toda la cultura creada por la humanidad hasta la actualidad analizandola y sometiéndola a la crítica del materialismo dialéctico e histórico lo que permite tomar lo mejor qué ha dado la humanidad para el acervo de la cultura proletaria. Tomando estas dos tesis podemos decir que la cultura popular por ser producción de las clases populares (clase obrera, trabajadores en general, campesinos, clase media baja) y estar estrechamente ligada al trabajo del pueblo, es parte de la cultura proletaria la cual además toma las producciones culturales, tanto masivas como elitescas, analizándolas y transformándolas por el marxismo y las condiciones de vida y lucha del proletariado en la actualidad.
(1)Lenin,Vladimir TAREAS DE LAS JUVENTUDES COMUNISTAS (Discurso pronunciado en el II Congreso de la Unión de Juventudes Comunistas de Rusia, 2/10/20), Ed. Progreso, Moscú, 1976.
CULTURA, ESTÉTICA Y SOCIEDAD
I.- CULTURA Y SOCIEDAD
Para estudiar un hecho social no debemos partir de lo que los hombres dicen o piensan sobre él (la superestructura), sino del modo en que producen los bienes materiales (la estructura) es decir hacer un análisis socio – económico el cual se fundamenta en el materialismo dialectico y materialismo histórico lo que no es más que el Marxismo- Leninismo. En este sentido estas reflexiones acerca de la cultura se basa en los estudios realizados por Néstor García Canclini, sociólogo argentino quien ha investigado en profundidad sobre el tema. Partiendo de estos fundamentos he desarrollado lo siguiente:
¿Qué es la cultura?
La cultura es producción porque consiste en una apropiación y transformación de la realidad material y social mediante un trabajo y para satisfacer una necesidad social, de acuerdo con el orden económico vigente en cada sociedad. Esta definición abarca la totalidad del proceso creador cultural y sus modalidades en distintos sistemas económicos.
Para poder satisfacer sus necesidades vitales, el hombre modifica y transforma la naturaleza. Para lograrlo fue necesaria una modificación fundamental de las capacidades humanas y se necesitó de la conciencia.
En el transcurso de un prolongado período histórico, miles de años atrás muchas generaciones de antepasados del hombre gradualmente han aprendido a confeccionar instrumentos de trabajo, y con ello se fue desarrollando también la capacidad de percepción del mundo circundante, es decir se conformó la conciencia.
Con la ayuda de los instrumentos de trabajo, accionando sobre la naturaleza externa, y modificándola, los hombres cambian también su propia naturaleza, desarrollan la capacidad para trabajar y los instrumentos de trabajo y enriquecen sus conocimientos. El trabajo es la primera condición fundamental de toda la vida humana, y precisamente el trabajo fue quien creó el hombre, esta es la premisa que se desprende de lo expuesto.
En este sentido, el trabajo, la sociedad, la conciencia, el lenguaje y la cultura surgen históricamente en forma simultanea y se influyen e interrelacionan mutuamente. Pero es el trabajo el origen más profundo del surgimiento y desarrollo de todo lo humano.
Es así que en tanto la cultura sea expresión por excelencia de los hombres y las mujeres cuando establecen relaciones de trabajo (es decir: relaciones sociales de producción), y sea un medio de expresar la práctica social que de dichas relaciones se desprende, entonces la cultura es expresión de la realidad circundante de las mujeres y hombres (del ser social) en sociedad.
En este contexto podemos definir a la cultura como el conjunto de todos los aspectos de la actividad transformadora del hombre y la sociedad, así como los resultados de esta actividad.
Existen diferencias entre la cultura material e intangible. Con la primera se relacionan todos los bienes materiales, todos los medios de producción. La segunda comprende la suma de todos los conocimientos, de las formas del pensamiento y en general la esfera de la concepción del mundo: filosofía, ciencia, ética, derecho, etc., así como la esfera de la actividad estética – figurativa – (por ejemplo, el arte). Estos elementos de la cultura se hallan vinculados indisolublemente entre sí. La actividad material, productiva, del hombre es el fundamento de su actividad en las demás esferas de la vida. Por otro lado, los resultados de su actividad síquica se materializan, se transforman en cosas, medios técnicos, en obras de arte.
Las raíces de la cultura se remontan a las profundidades de la historia y se hallan ligadas a la aparición del hombre. El desarrollo de la cultura indica el grado en que el hombre domina las fuerzas de la naturaleza, el nivel de evolución en que se encuentra el hombre mismo, el alcance de sus conocimientos, el perfeccionamiento de sus capacidades, etc. Al modificar el medio ambiente, al adaptarlo a sus necesidades y exigencias, el hombre crea el medio cultural del que forma parte: los recursos técnicos, la vivienda, los servicios comunitarios, los medios de transporte (caminos, vehículos) medios de comunicación (idioma, escritura, telefonía), medios de información (radio, televisión), etc. En la actualidad el hombre vive en un ambiente cultural, le rodean de hecho sus propias creaciones.
Base del progreso de la cultura lo constituye el desarrollo de la producción material. La sustitución de un modo de producción por otro implica modificaciones cualitativas en la cultura. Cada formación económico- social se caracteriza por disponer de un nivel propio de cultura material y espiritual. Ahora bien, el paso de un nivel de desarrollo cultural a otro se apoya siempre en la utilización de los logros culturales del pasado, sin los cuales no sería posible el progreso de la sociedad. El desarrollo de la cultura donde existen clases antagónicas reviste carácter contradictorio. Los trabajadores, que desempeñan en última instancia el papel decisivo en la creación de los valores culturales, no pueden disfrutar de los frutos de su actividad transformadora. Las clases explotadoras dominantes tratan de utilizar en su propio interés los logros de la cultura en aras de su enriquecimiento y con fines de violencia sobre las masas populares. La cultura espiritual se convierte en una cultura de clase por su contenido, por sus elementos principales. En la sociedad prevalecen las ideas, puntos de vista y normas de moral que reflejan los intereses de las clases dominantes
En conclusión: al definir la cultura como el conjunto de todos los aspectos de la actividad transformadora del hombre en la sociedad, así como los resultados de dicha actividad podemos decir, entonces, que la cultura es la síntesis de la creación del hombre, tanto de los procesos como de los productos sociales creados a partir del trabajo.
La Cultura en el Capitalismo
El capitalismo por ser una sociedad dividida en clases (proletariado y burguesía), cuyo fin es la ganancia (plusvalía) sobre la base de la explotación del hombre por el hombre y convirtiendo a toda la producción humana (sea material e intangible) en mercancía cuyo valor es de cambio, las producciones culturales, como todos los bienes, son mercancías, por lo cual su valor de cambio prevalece sobre su valor de uso. Es decir mercancía que tiene valor solo por su precio.
El análisis del hecho cultural en la sociedad capitalista aplicando el marxismo permite identificar tres momentos, a saber: producción, distribución y consumo. Este modelo posibilita caracterizar las tres áreas en que la división social capitalista burguesa separó las actividades culturales: cultura de elites, cultura para las masas y cultura popular.
Cada una de estas áreas (o categorías) de la cultura, privilegia uno de de los tres momentos, a saber:
La cultura de elites:
.- Corresponde a la Gran Burguesía y Pequeña Burguesía en ascenso
.- Privilegia la Producción como creación individual y con originalidad para la contemplación.
La cultura para las masas:
.- Producida por especialistas al servicio de la gran burguesía
.- Privilegia la distribución para transmitir al pueblo la ideología burguesa, es dirigida a un público amplio, con gran eficacia en la transmisión del mensaje y producción de ganancias, busca el sometimiento feliz.
La cultura popular:
.- Producida por las clases populares (clase obrera, campesinos, clase media baja)
.- Privilegia el consumo como utilidad placentera y productiva de representación y satisfacción solidaria.
.- Es la cultura de resistencia y liberación.
Producción cultural popular
Para definir la cultura popular, en la actualidad, vamos a partir de una estrategia de análisis que permita abarcar su producción, su distribución o circulación y su consumo. Dicha estrategia de análisis es el marxismo que ve en la cultura un instrumento para comprender, reproducir y transformar el sistema social, para elaborar y construir la hegemonía de cada clase.
Al vincular el concepto de cultura con los de producción, distribución y consumo, superestructura, ideología, hegemonía y clases sociales lleva a caracterizar la cultura como un tipo particular de producción cuyo fin es comprender, reproducir y transformar la estructura social, y luchar por la hegemonía. En esta perspectiva puede caracterizarse a la cultura popular por oposición a la cultura dominante, como producto de la desigualdad y el conflicto. Así mismo podemos definir la cultura como la producción de fenómenos que contribuyen, mediante la representación o reelaboración simbólica de las estructuras materiales, a comprender, reproducir o transformar el sistema social, es decir todas las prácticas e instituciones dedicadas a la administración, renovación y reestructuración del sentido, la cultura no solo representa la sociedad; también cumple, dentro de las necesidades de producción de sentido, la función de reelaborar las estructuras sociales e imaginar nuevas. Además de representar las relaciones de producción, contribuye a reproducirlas, transformarlas e inventar otras.
Al entender la cultura como producción nos lleva a considerar los procesos productivos, materiales, necesarios para crear algo, conocerlo o representarlo. Al respecto, la producción de la cultura surge de las necesidades globales del sistema social y éste la determina. Cada producción cultural tiene su organización material propia que hace posible su existencia. El análisis de dicha organización, de las condiciones sociales que se establecen para la producción, es fundamental. Al estudiar los productos culturales hay que evitar dos deformaciones metodológicas, a saber:
• Atendiendo sólo al contenido interno de la obra,
• Simplemente relacionar la estructura de la obra con la sociedad en su conjunto.
Por lo tanto el análisis debe hacerse en dos niveles:
• Estudiar las producciones culturales como representaciones relacionando la realidad social y su representación ideal.
• Vincular la estructura social con la estructura de la creación cultural específica; entendida ésta como las relaciones sociales que los creadores establecen con los demás componentes del proceso: los medios de producción (materiales, procedimientos) y las relaciones sociales de producción (con el público, con quienes financian, con los organismos oficiales, etc.).
Producción cultural
Analizar la cultura como producción supone considerar todos los pasos del proceso de producir: la producción, la circulación y la recepción; es decir el análisis de la cultura debe abarcar el proceso de producción y circulación social de los productos culturales y de los significados que los receptores le atribuyen. Sólo una visión global del proceso puede explicar el sentido de la producción cultural en su trayectoria social.
Como vemos, toda producción cultural surge de las condiciones materiales de vida y está arraigada en ellas, es así que en las clases populares las canciones, las creencias y las fiestas están estrecha y cotidianamente ligadas a los trabajos materiales en que entregan casi todo su tiempo.
Cultura popular
Podemos entonces señalar que: Las culturas populares se configuran en un proceso de apropiación desigual de los bienes económicos y culturales de una nación, etnia o comunidad por parte de sus sectores subalternos, y por la comprensión, reproducción y transformación, real y simbólica, de las condiciones generales y propias de trabajo y vida.
Lo particular de las culturas populares no deriva sólo de que su apropiación de lo que la sociedad posee es menos y diferente; sino también de que el pueblo genera en su trabajo y su vida formas específicas de representación, reproducción y reelaboración simbólica de sus relaciones sociales. Estos procesos son realizados por el pueblo compartiendo las condiciones generales de producción, circulación y consumo del sistema en que vive y a la vez dándose sus propias estructuras. En este aspecto, las culturas populares se constituyen en dos ámbitos:
• Las prácticas laborales, familiares, comunicacionales y de todo tipo con que el capitalismo organiza la vida de todos sus miembros;
• Las prácticas y formas de pensamiento que los sectores populares crean para sí mismos, para concebir y manifestar su realidad, su lugar subordinado en la producción, circulación y el consumo. Hay que señalar que estos ámbitos están profundamente entrelazados.
En resumen podemos afirmar que las culturas populares son el resultado de una apropiación desigual del capital cultural, y una elaboración propia de sus condiciones de vida y una interacción conflictiva con los sectores hegemónicos. Por lo tanto la cuestión decisiva para comprender la cultura es su conexión con los conflictos entre las clases sociales, con las condiciones de explotación en que las clases populares producen y consumen.
La transnacionalización del capital, acompañada por la transnacionalización de la cultura, impone un intercambio desigual de los bienes materiales y simbólicos.
La diversidad de patrones culturales, de objetos y hábitos de consumo, es un factor de perturbación intolerable para las necesidades de expansión constante del sistema capitalista.
Se crea la ilusión de que todos pueden disfrutar, efectiva o virtualmente, de la superioridad de la cultura dominante. A las culturas subalternas se les impide todo desarrollo autónomo o alternativo, se reordena su producción y consumo, su estructura social y su lenguaje, para adaptarlos al desarrollo capitalista; a veces se consiente que subsistan fiestas tradicionales, pero su carácter de celebración comunal es diluido en la organización mercantil del ocio turístico.
La cultura es un sistema social de producción, un nivel específico del sistema social. No sólo porque está determinada por lo social ya que está inserta en todo hecho socioeconómico. Cualquier práctica es simultáneamente económica y simbólica por lo cual cualquier hecho cultural lleva siempre un nivel socioeconómico implícito; economía y cultura marchan imbricadas una en la otra.
II.- ESTETICA, ARTE y SOCIEDAD
La estética es la ciencia que estudia toda la actividad y todos los aspectos de la aprehensión del mundo de acuerdo a las leyes de la belleza por las mujeres y hombres; así mismo es la capacidad del ser humano para apreciar los fenómenos de la realidad tales como lo bello y lo feo, lo elevado y lo bajo, lo trágico y lo cómico. La estética está presente en todas las actividades del ser humano y determina el mundo de las sensaciones, el mundo espiritual y la conducta. La actitud estética de la mujer y el hombre ante la realidad tiene dos aspectos, uno objetivo: los valores estéticos (lo bello, lo elevado, lo trágico, etc.) y otro subjetivo: la conciencia (sentimientos, emociones, ideal, etc.). El arte es el tipo más elevado de actividad estética de la mujer y el hombre pues a través de éste refleja los valores estéticos objetivos y la actitud subjetiva del artista hacia ellos.
La estética estudia la naturaleza de lo bello, las peculiaridades de su percepción y las leyes del desarrollo del arte, sus conexiones con otras formas de la conciencia social, la interrelación entre el arte y la sociedad, la imagen artística y las leyes de la creatividad en el arte.
Las teorías estéticas fundamentales son la materialista y la idealista. La estética idealista afirma que la belleza y los valores estéticos de la vida y el arte tienen su origen por entero en la conciencia humana
La estética materialista considera la realidad material como la fuente de la conciencia estética en general y del arte en particular interrelacionándolas con la actitud del hombre; así mismo destaca el inmenso papel desempeñado por el arte en la sociedad puesto que constituye una forma de conocer el mundo y conformar la personalidad humana; esto es el carácter social de la actitud estética.
Sobre la base del trabajo (la actividad práctica transformadora del mundo) que realiza el ser humano se desarrolla su capacidad para percibir el universo desde el punto de vista estético; es en el contexto socioeconómico del trabajo que se forma el oído musical, el sentido de la vista que percibe la belleza de las formas.
La estética materialista subraya el carácter dialéctico del reflejo de la realidad en el arte, el cual no es simple copia mecánica del mundo, de la vida sino activo y creativo reafirmando su valor social. La estética materialista orienta hacia el humanismo, a descubrir la esencia de los fenómenos de la vida que reflejan, a conformar una concepción estética que corresponda con el ideal social más avanzado. La construcción de una nueva sociedad es al mismo tiempo creación de belleza no solo en el arte, sino también en el trabajo, en el medio social, en el hombre y en las relaciones sociales.
La estética materialista al estudiar y desarrollar las leyes de la belleza, del trabajo, de las relaciones humanas, prepara a la mujer y al hombre en su actividad práctico social para que eleven la riqueza estética del mundo haciendo más hermosa la vida y enriquecerse espiritualmente.
En este contexto podemos decir que el arte es una forma específica de la conciencia y de la actividad creadora humana la cual consiste en un reflejo de la realidad a través de la elaboración de imágenes artísticas que encarnan una actitud estética del hombre hacia ella.
La obra de arte no solo contiene ideas sino que también comprende el mundo sensible del ser humano. En el contenido del arte las ideas están penetradas de emociones y los sentimientos de conciencia. Los distintos hechos de la vida están valorados en el arte desde un punto de vista estético. Estos hechos son buenos o malos, justos o injustos, reaccionarios o progresistas, feos o hermosos, trágicos o cómicos, de alta o baja calidad.
Existen diferentes tipos de arte, los cuales se distinguen por la particular estructura de la imagen artística. Las particularidades las artes están determinadas por lo que tienen de específico los objetos cuyo reflejo es el arte, por los procedimientos que se emplean para la reproducción de la realidad, por los objetivos artísticos que se establecen y por los recursos materiales que se usan para crear la imagen artística.
Es así que podemos presentar el siguiente esquema de los diferentes tipos de arte:
Literatura = la palabra escrita
Pintura = líneas combinadas con el color
Escultura = volumen combinado con el color
Música = combinación armónica y rítmica de sonidos
Danza = combinación rítmica de movimientos corporales
Teatro = combinación de la palabra dicha con movimientos corporales para plasmar acciones conflictivas
Para su estudio estas son consideradas la BELLAS ARTES pues son las expresiones artísticas que ha realizado el hombre desde la antigüedad
Fotografía = plasmación de imágenes a través del uso de medios tecnológicos
Cine = combinación de las anteriores a través de medios tecnológico
Estas dos son expresiones artísticas mucho más modernas (por ejemplo el cine es considerado el séptimo arte) su aparición es apenas de hace menos de dos siglos.
En la actualidad con el uso de diferentes medios tecnológicos las artes se clasifican en:
Artes Visuales (Pintura, dibujo, escultura, arquitectura)
Artes de la escritura (Narrativa, poesía)
Artes Auditivas (Canto, interpretación instrumental musical)
Artes Escénicas (Teatro, danza, ópera)
Artes audiovisuales (Cine, video, tv)
El arte es una forma de reflejarse el ser humano como ser social y en su desarrollo siempre ha jugado un papel importante el pueblo. El centro de toda obra artística es la mujer y el hombre. Las imágenes artísticas las elabora el artista en el proceso de su actividad creadora sobre la base de su conocimiento de la vida. La Valoración estética de los seres humanos y los acontecimientos reflejados en la obra de arte y la visión estética del artista dependen de su condición de clase. En tal sentido en la sociedad de clases el arte tiene un carácter tendencioso, es decir que en su actitud estética hacia la realidad refleja las ideas e intereses de una u otra clase social, donde las ideas dominantes son las de las clases dominantes e impregnan toda la sociedad. La sociedad capitalista es hostil al arte, dado que se desinteresa de los ideales sociales y espirituales. Lo característico del arte dominante en el capitalismo (arte burgués) es su espíritu decadente y mercantilista (el arte es una mercancía más, cuyo valor es el valor de cambio).
El arte que refleja y encarna los ideales de las clases y capas trabajadoras es el más humanista y popular porque representa la concepción del mundo que lucha por la reconstrucción y el desarrollo progresista de la sociedad.
¿Cómo se manifiesta la lucha de clases en la cultura y el arte?
La producción cultural y artística corresponden a la superestructura de la sociedad donde se refleja la frase de Marx: "las ideas dominantes en una sociedad corresponden a las ideas de la clase dominante", es así qué en la sociedad capitalista son las ideas de la burguesía las qué predominan. En tal sentido en el capitalismo las producciones culturales y artísticas qué predominan tienen un carácter contemplativo, inmodificables, su producción es masiva y su valor fundamental es su precio. Sin embargo las producciones culturales y artísticas de las clases populares tienen presencia en la sociedad y tienen un carácter colectivo, de celebración y participación y su valor fundamental está en qué responde a las necesidades colectivas de reafirmación y resistencia.
En este contexto destacan en las producciones culturales y artísticas populares las celebraciones de carácter indígena, religioso, mestizas e híbridas, integrales, qué reafirman la identidad y la tradición de la comunidad qué la realiza; así como aquellas que cuestionan y critican las condiciones de vida de las clases populares y propugna un cambio de la estructura social.
La confrontación es entre las producciones culturales y artísticas masivas tales como la TV, el llamado cine comercial, la industria musical y editorial de los “best sellers” y las producciones culturales y artísticas populares nuestras tradiciones, bailes, cantos, etc.
sábado, 18 de febrero de 2012
Las cinco dificultades para decir la verdad
El que quiera luchar hoy contra la mentira y la ignorancia y escribir la verdad tendrá que vencer por lo menos cinco dificultades. Tendrá que tener el valor de escribir la verdad aunque se la desfigure por doquier; la inteligencia necesaria para descubrirla; el arte de hacerla manejable como un arma; el discernimiento indispensable para difundirla.
Tales dificultades son enormes para los que escriben bajo el fascismo, pero también para los exiliados y los expulsados, y para los que viven en las democracias burguesas.
I. El valor de escribir la verdad
Para mucha gente es evidente que el escritor debe escribir la verdad; es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir en la desgracia ante los poderosos equivale a la renuncia, y renunciar al trabajo es renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita mucho valor.
Cuando impera la represión más feroz gusta hablar de cosas grandes y nobles. Es entonces cuando se necesita valor para hablar de las cosas pequeñas y vulgares, como la alimentación y la vivienda de los obreros. Por doquier aparece la consigna: «No hay pasión más noble que el amor al sacrificio».
En lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar de máquinas y de abonos que facilitarían el trabajo que se ensalza. Cuando se clama por todas las antenas que el hombre inculto e ignorante es mejor que el hombre cultivado e instruido, hay que tener valor para plantearse el interrogante: ¿Mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas y razas imperfectas, el valor está en decir: ¿Es que el hambre, la ignorancia y la guerra no crean taras?
También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una bondad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad. Decir que los buenos fueron vencidos no porque eran buenos sino porque eran débiles requiere cierto valor.
Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad, ni para anunciar con estruendo el triunfo del espíritu en países donde éste es todavía concebible. Muchos se creen apuntados por cañones cuando solamente gemelos de teatro se orientan hacia ellos. Formulan reclamaciones generales en un mundo de amigos inofensivos y reclaman una justicia general por la que no han combatido nunca. También reclaman una libertad general: la de seguir percibiendo su parte habitual del botín. En síntesis sólo admiten una verdad: la que les suena bien.
Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán qué hacer. Tal verdad no les exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran desgracia es que no conocen la verdad.
II. La inteligencia necesaria para descubrir la verdad
Tampoco es fácil descubrir la verdad. Por lo menos la que es fecunda. Así, según opinión general, los grandes Estados caen uno tras otro en la barbarie extrema. Y una guerra intestina que se desarrolla implacablemente puede degenerar en cualquier momento en un conflicto generalizado que convertiría nuestro continente en un montón de ruinas. Evidentemente, se trata de verdades. No se puede negar que llueve hacia abajo: numerosos poetas escriben verdades de este género. Son como el pintor que cubría de frescos las paredes de un barco que se estaba hundiendo. El haber resuelto nuestra primera dificultad les procura una cierta dificultad de conciencia. Es cierto que no se dejan engañar por los poderosos, pero ¿escuchan los gritos de los torturados? No; pintan imágenes. Esta actitud absurda les sume en un profundo desconcierto, del que no dejan de sacar provecho; en su lugar otros buscarían las causas. No creáis que sea cosa fácil distinguir sus verdades de las vulgaridades referentes a la lluvia; al principio parecen importantes, pues la operación artística consiste precisamente en dar importancia a algo. Pero mirad la cosa de cerca: os daréis cuenta que no dejan de decir: no se puede impedir que llueva hacia abajo.
También están los que por falta de conocimientos no llegan a la verdad. Y, sin embargo, distinguen las tareas urgentes y no temen a los poderosos ni a la miseria. Pero viven de antiguas supersticiones, de axiomas célebres a veces muy bellos. Para ellos el mundo es demasiado complicado: se contentan con conocer los hechos e ignorar las relaciones que existen entre ellos.
Me permito decir a todos los escritores de esta época confusa y rica en transformaciones que hay que conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Tales conocimientos se adquieren en los libros y en la práctica si no falta la necesaria aplicación. Es muy sencillo descubrir fragmentos de verdad, e incluso verdades enteras. El que busca necesita un método, pero se puede encontrar sin método, e incluso sin objeto que buscar. Sin embargo, ciertos procedimientos pueden dificultar la explicación de la verdad: los que la lean serán incapaces de transformar esa verdad en acción. Los escritores que se contentan con acumular pequeños hechos no sirven para hacer manejables las cosas de este mundo. Pues bien, la verdad no tiene otra ambición. Por consiguiente esos escritores no están a la altura de su misión.
III. El arte de hacer la verdad manejable como arma
La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben.
Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Así, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera fuerza: el fascismo. Para mi, el fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un país fascista el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, y bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más engañosa.
Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica.
Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.
Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que éstos olvidan que tales métodos se practican también en sus propios países.
Ciertos países logran todavía conservar sus formas de propiedad gracias a medios menos violentos que otros. Sin embargo, los monopolios capitalistas originan por doquier condiciones bárbaras en las fábricas, en las minas y en los campos. Pero mientras que las democracias burguesas garantizan a los capitalistas, sin recurso a la violencia, la posesión de los medios de producción, la barbarie se reconoce en que los monopolios sólo pueden ser defendidos por la violencia declarada.
Ciertos países no tienen necesidad, para mantener sus monopolios bárbaros, de destruir la legalidad instituida, ni su confort cultural (filosofía, arte, literatura); de ahí que acepten perfectamente oir a los exiliados alemanes estigmatizar su propio régimen por haber destruido esas comodidades. A sus ojos es un argumento suplementario en favor de la guerra.
¿Puede decirse que respetan la verdad los que gritan: «Guerra sin cuartel a Alemania, que es hoy la verdadera patria del «mal», la oficina del infierno, el trono del anticristo»? No. Los que así gritan son tontos, impotentes gentes peligrosas. Sus discursos tienden a la destrucción de un país, de un país entero con todos sus habitantes, pues los gases asfixiantes no perdonan a los inocentes.
Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso. Peroran sobre el «alemán», estigmatizan el «mal», y sus auditorios se interrogan: ¿Debemos dejar de ser alemanes? ¿Bastará con que seamos buenos para que el infierno desaparezca? Cuando manejan sus tópicos sobre la barbarie salida de la barbarie resultan impotentes para suscitar la acción. En realidad no se dirigen a nadie. Para terminar con la barbarie se contentan con predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la cultura. Eso equivale a limitarse a aislar algunos eslabones en la cadena de las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y los verdaderos responsables de las catástrofes aparecen claramente: los hombres. Vivimos una época en que el destino del hombre es el hombre.
El fascismo no es una plaga que tendría su origen en la «naturaleza» del hombre. Por lo demás, es un modo de presentar las catástrofes naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza combativa.
El que quiera describir el fascismo y la guerra grandes desgracias, pero no calamidades «naturales» debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras. Para presentar verídicamente un estado de cosas nefasto, mostrad que tiene causas remediables. Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.
IV. Cómo saber a quién confiar la verdad
Un hábito secular, propio del comercio de la cosa escrita, hace que el escritor no se ocupe de la difusión de sus obras. Se figura que su editor, u otro intermediario, las distribuye a todo el mundo. Y se dice: yo hablo, y los que quieren entenderme, me entienden. En la realidad, el escritor habla, y los que pueden pagar, le entienden. Sus palabras jamás llegan a todos, y los que las escuchan no quieren entenderlo todo.
Sobre esto se ha dicho ya muchas cosas, pero no las suficientes. Transformar la «acción de escribir a alguien» en «acto de escribir» es algo que me parece grave y nocivo. La verdad no puede ser simplemente escrita; hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos.
Para ser revelado, el bien sólo necesita ser bien escuchado, pero la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo. Para nosotros, escritores, es importante saber a quién la decimos y quién nos la dice; a los que viven en condiciones intolerables debemos decirles la verdad sobre esas condiciones, y esa verdad debe venirnos de ellos. No nos dirijamos solamente a las gentes de un solo sector: hay otros que evolucionan y se hacen susceptibles de entendernos. Hasta los verdugos son accesibles, con tal que comiencen a temer por sus vidas. Los campesinos de Baviera, que se oponían a todo cambio de régimen, se hicieron permeables a las ideas revolucionarias cuando vieron que sus hijos, al volver de una larga guerra, quedaban reducidos al paro forzoso.
La verdad tiene un tono. Nuestro deber es encontrarlo. Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: «yo soy incapaz de hacer daño a una mosca». Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo escucha. No trataremos como enemigos a quienes emplean este tono, pero no podrán ser nuestros compañeros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.
V. Proceder con astucia para difundir la verdad
Orgullosos de su valor para escribir la verdad, contentos de haberla descubierto, cansados sin duda de los esfuerzos que supone el hacerla operante, algunos esperan impacientes que sus lectores la disciernan. De ahí que les parezca vano proceder con astucia para difundir la verdad.
Confucio alteró el texto de un viejo almanaque popular cambiando algunas palabras: en lugar de escribir «el maestro Kun hizo matar al filósofo Wan», escribió: «el maestro Kun hizo asesinar al filósofo Wan». En el pasaje donde se hablaba de la muerte del tirano Sundso, «muerto en un atentado», reemplazó la palabra «muerto» por «ejecutado», abriendo la vía a una nueva concepción de la historia.
El que en la actualidad reemplaza «pueblo» por «población», y «tierra» por «propiedad rural», se niega ya a acreditar algunas mentiras, privando a algunas palabras de su magia. La palabra «pueblo» implica una unidad fundada en intereses comunes; sólo habría que emplearla en plural, puesto que únicamente existen «intereses comunes» entre varios pueblos. La «población» de una misma región tiene intereses diversos e incluso antagónicos. Esta verdad no debe ser olvidada. Del mismo modo, el que dice «la tierra», personificando sus encantos, extasiándose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de la clase dominante. Al fin y al cabo, ¡qué importa la fecundidad de la tierra, el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de la tierra no es nunca el que recoge el trigo, y «el gesto augusto del sembrador» no se cotiza en Bolsa. El término justo es «propiedad rural».
Cuando reina la opresión, no hablemos de «disciplina», sino de «sumisión» pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del mismo modo, el vocablo «dignidad» vale más que la palabra «honor», pues tiene más en cuenta al hombre. Todos sabemos qué clase de gente se precipita para tener la ventaja de defender el «honor» de un pueblo, y con qué liberalidad los ricos distribuyen el «honor» a los que trabajan para enriquecerlos.
La astucia de Confucio es utilizable también en nuestros días. También la de Tomás Moro. Este último describió un país utópico idéntico a la Inglaterra de aquella época, pero en el que las injusticias se presentaban como costumbres admitidas por todo el mundo.
Cuando Lenin, perseguido por la policía del Zar, quiso dar una idea de la explotación de Sajalín por la burguesía rusa, sustituyó Rusia por el Japón y Sajalín por Corea. La identidad de las dos burguesías era evidente, pero como Rusia estaba en guerra con el Japón la censura dejó pasar el trabajo de Lenin.
Hay una infinidad de astucias posibles para engañar a un Estado receloso. Voltaire luchó contra las supersticiones religiosas de su tiempo escribiendo la historia galante de «La Doncella de Orleans»: describiendo en un bello estilo aventuras galantes sacadas de la vida de los grandes. Voltaire llevó a éstos a abandonar la religión (que hasta entonces tenían por caución de su vida disoluta). De repente se hicieron los propagadores celosos de las obras de Voltaire y ridiculizaron a la policía que defendía sus privilegios. La actitud de los grandes permitió la difusión ilícita de las ideas del escritor entre el público burgués, hacia el que precisamente apuntaba Voltaire.
Decía Lucrecio que contaba con la belleza de sus versos para la propagación de su ateísmo epicúreo. Las virtudes literarias de una obra pueden favorecer su difusión clandestina. Pero hay que reconocer que a veces suscitan múltiples sospechas. De ahí la necesidad de descuidarlas deliberadamente en ciertas ocasiones. Tal sería el caso, por ejemplo, si se introdujera en una novela policíaca -género literario desacreditado- la descripción de condiciones sociales intolerables. A mi modo de ver, esto justificaría completamente la novela policíaca.
En la obra de Shakespeare se puede encontrar un modelo de verdad propagada por la astucia: el discurso de Antonio ante el cadáver de César. Afirmando constantemente la respetabilidad de Bruto, cuenta su crimen, y la pintura que hace de él es mucho más aleccionadora que la del criminal. Dejándose dominar por los hechos, Antonio saca de ellos su fuerza de convicción mucho más que de su propio juicio.
Jonathan Swift propuso en un panfleto que los niños de los pobres fueran puestos a la venta en las carnicerías para que reinara la abundancia en el país. Después de efectuar cálculos minuciosos, el célebre escritor probó que se podrían realizar economías importantes llevando la lógica hasta el fin. Swift jugaba al monstruo. Defendía con pasión absolutista algo que odiaba. Era una manera de denunciar la ignominia. Cualquiera podía encontrar una solución más sensata que la suya, o al menos más humana; sobre todo, aquellos que no habían comprendido a dónde conducía este tipo de razonamiento.
Militar a favor del pensamiento, sea cual fuere la forma que éste adopte, sirve la causa de los oprimidos. En efecto, los gobernantes al servicio de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para ellos lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que estos últimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un país cuando se muere de hambre. Es bajo dudar de un jefe que os conduce a la desgracia. El horror al trabajo que no alimenta al que lo efectúa es asimismo una cosa baja, y baja también la protesta contra la locura que se impone y la indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de vagos a los que pretenden ser pagados por trabajar, etc. Bajo semejante régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ¿Dónde ir para aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represión.
Sin embargo, el pensamiento triunfa todavía en ciertos dominios en que resulta indispensable para la dictadura. En el arte de la guerra, por ejemplo, y en la utilización de las técnicas. Resulta indispensable pensar para remediar, mediante la invención de tejidos «ersatz», la penuria de lana. Para explicar la mala calidad de los productos alimenticios o la militarización de la juventud no es posible renunciar al pensamiento. Pero recurriendo a la astucia se puede evitar el elogio de la guerra, al que nos incitan los nuevos maestros del pensamiento. Así, la cuestión ¿cómo orientar la guerra? lleva a la pregunta: ¿vale la pena hacer la guerra? Lo que equivale a preguntar: ¿cómo evitar la guerra inútil? Evidentemente, no es fácil plantear esta cuestión en público hoy. Pero ¿quiere decir esto que haya que renunciar a dar eficacia a la verdad? Evidentemente no.
Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una complicidad análoga, pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el sistema. Por ejemplo, los descubrimientos biológicos de Darwin eran susceptibles de poner en peligro todo el sistema, pero solamente la Iglesia se inquietó. La policía no veía en ello nada nocivo. Los últimos descubrimientos físicos implican consecuencias de orden filosófico que podrían poner en tela de juicio los dogmas irracionales que utiliza la opresión. Las investigaciones de Hegel en el dominio de la lógica facilitaron a los clásicos de la revolución proletaria, Marx y Lenin, métodos de un valor inestimable. Las ciencias son solidarias entre sí, pero su desarrollo es desigual según los dominios; el Estado es incapaz de controlarlos todos. Así, los pioneros de la verdad pueden encontrar terrenos de investigación relativamente poco vigilados. Lo importante es enseñar el buen método, que exige que se interrogue a toda cosa a propósito de sus caracteres transitorios y variables. Los dirigentes odian las transformaciones: desearían que todo permaneciese inmóvil, a ser posible durante un milenio: que la Luna se detuviese y el Sol interrumpiese su carrera. Entonces nadie tendría hambre ni reclamaría alimentos. Nadie respondería cuando ellos abriesen fuego; su salva sería necesariamente la última.
Subrayar el carácter transitorio de las cosas equivale a ayudar a los oprimidos. No olvidemos jamás recordar al vencedor que toda situación contiene una contradicción susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante método -la dialéctica, ciencia del movimiento de las cosas- puede ser aplicado al examen de materias como la biología y la química, que escapan al control de los poderosos, pero nada impide que se aplique al estudio de la familia; no se corre el riesgo de suscitar la atención. Cada cosa depende de una infinidad de otras que cambian sin cesar; esta verdad es peligrosa para las dictaduras.
Pues bien, hay mil maneras de utilizarla en las mismas narices de la policía. Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren evitar a todo precio que, en la miseria, se piense en el Gobierno. De ahí que hablen de destino. Es al destino, y no al Gobierno, al que atribuyen la responsabilidad de las deficiencias del régimen. Y si alguien pretende llegar a las causas de estas insuficiencias, se le detiene antes de que llegue al Gobierno.
Pero en general es posible reclinar los lugares comunes sobre el destino y demostrar que el hombre se forja su propio destino. Ahí tenéis el ejemplo de esa granja islandesa sobre la que pesaba una maldición. La mujer se había arrojado al agua, el hombre se había ahorcado. Un día, el hijo se casó con una joven que aportaba como dote algunas hectáreas de tierra. De golpe, se acabó la maldición. En la aldea se interpretó el acontecimiento de diversos modos. Unos lo atribuyeron al natural alegre de la joven; otros a la dote, que permitía, al fin, a los propietarios de la granja comenzar sobre nuevas bases. Incluso un poeta que describe un paisaje puede servir a la causa de los oprimidos si incluye en la descripción algún detalle relacionado con el trabajo de los hombres. En resumen: importa emplear la astucia para difundir la verdad.
Conclusión
La gran verdad de nuestra época -conocerla no es todo, pero ignorarla equivale a impedir el descubrimiento de cualquier otra verdad importante- es ésta: nuestro continente se hunde en la barbarie porque la propiedad privada de los medios de producción se mantiene por la violencia. ¿De qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie si no se dice claramente por qué? Los que torturan lo hacen por conservar la propiedad privada de los medios de producción.
Ciertamente, esta afirmación nos hará perder muchos amigos: todos los que, estigmatizando la tortura, creen que no es indispensable para el mantenimiento de las formas actuales de propiedad.
Digamos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en nuestro país; así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales relaciones de producción. Digámoslo a los que sufren del statu quo y que, por consiguiente, tienen más interés en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios de producción.
Bertolt Brecht
Berlín (Alemania), 1934.
Tales dificultades son enormes para los que escriben bajo el fascismo, pero también para los exiliados y los expulsados, y para los que viven en las democracias burguesas.
I. El valor de escribir la verdad
Para mucha gente es evidente que el escritor debe escribir la verdad; es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir en la desgracia ante los poderosos equivale a la renuncia, y renunciar al trabajo es renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita mucho valor.
Cuando impera la represión más feroz gusta hablar de cosas grandes y nobles. Es entonces cuando se necesita valor para hablar de las cosas pequeñas y vulgares, como la alimentación y la vivienda de los obreros. Por doquier aparece la consigna: «No hay pasión más noble que el amor al sacrificio».
En lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar de máquinas y de abonos que facilitarían el trabajo que se ensalza. Cuando se clama por todas las antenas que el hombre inculto e ignorante es mejor que el hombre cultivado e instruido, hay que tener valor para plantearse el interrogante: ¿Mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas y razas imperfectas, el valor está en decir: ¿Es que el hambre, la ignorancia y la guerra no crean taras?
También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una bondad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad. Decir que los buenos fueron vencidos no porque eran buenos sino porque eran débiles requiere cierto valor.
Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad, ni para anunciar con estruendo el triunfo del espíritu en países donde éste es todavía concebible. Muchos se creen apuntados por cañones cuando solamente gemelos de teatro se orientan hacia ellos. Formulan reclamaciones generales en un mundo de amigos inofensivos y reclaman una justicia general por la que no han combatido nunca. También reclaman una libertad general: la de seguir percibiendo su parte habitual del botín. En síntesis sólo admiten una verdad: la que les suena bien.
Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán qué hacer. Tal verdad no les exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran desgracia es que no conocen la verdad.
II. La inteligencia necesaria para descubrir la verdad
Tampoco es fácil descubrir la verdad. Por lo menos la que es fecunda. Así, según opinión general, los grandes Estados caen uno tras otro en la barbarie extrema. Y una guerra intestina que se desarrolla implacablemente puede degenerar en cualquier momento en un conflicto generalizado que convertiría nuestro continente en un montón de ruinas. Evidentemente, se trata de verdades. No se puede negar que llueve hacia abajo: numerosos poetas escriben verdades de este género. Son como el pintor que cubría de frescos las paredes de un barco que se estaba hundiendo. El haber resuelto nuestra primera dificultad les procura una cierta dificultad de conciencia. Es cierto que no se dejan engañar por los poderosos, pero ¿escuchan los gritos de los torturados? No; pintan imágenes. Esta actitud absurda les sume en un profundo desconcierto, del que no dejan de sacar provecho; en su lugar otros buscarían las causas. No creáis que sea cosa fácil distinguir sus verdades de las vulgaridades referentes a la lluvia; al principio parecen importantes, pues la operación artística consiste precisamente en dar importancia a algo. Pero mirad la cosa de cerca: os daréis cuenta que no dejan de decir: no se puede impedir que llueva hacia abajo.
También están los que por falta de conocimientos no llegan a la verdad. Y, sin embargo, distinguen las tareas urgentes y no temen a los poderosos ni a la miseria. Pero viven de antiguas supersticiones, de axiomas célebres a veces muy bellos. Para ellos el mundo es demasiado complicado: se contentan con conocer los hechos e ignorar las relaciones que existen entre ellos.
Me permito decir a todos los escritores de esta época confusa y rica en transformaciones que hay que conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Tales conocimientos se adquieren en los libros y en la práctica si no falta la necesaria aplicación. Es muy sencillo descubrir fragmentos de verdad, e incluso verdades enteras. El que busca necesita un método, pero se puede encontrar sin método, e incluso sin objeto que buscar. Sin embargo, ciertos procedimientos pueden dificultar la explicación de la verdad: los que la lean serán incapaces de transformar esa verdad en acción. Los escritores que se contentan con acumular pequeños hechos no sirven para hacer manejables las cosas de este mundo. Pues bien, la verdad no tiene otra ambición. Por consiguiente esos escritores no están a la altura de su misión.
III. El arte de hacer la verdad manejable como arma
La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben.
Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Así, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera fuerza: el fascismo. Para mi, el fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un país fascista el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, y bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más engañosa.
Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica.
Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.
Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que éstos olvidan que tales métodos se practican también en sus propios países.
Ciertos países logran todavía conservar sus formas de propiedad gracias a medios menos violentos que otros. Sin embargo, los monopolios capitalistas originan por doquier condiciones bárbaras en las fábricas, en las minas y en los campos. Pero mientras que las democracias burguesas garantizan a los capitalistas, sin recurso a la violencia, la posesión de los medios de producción, la barbarie se reconoce en que los monopolios sólo pueden ser defendidos por la violencia declarada.
Ciertos países no tienen necesidad, para mantener sus monopolios bárbaros, de destruir la legalidad instituida, ni su confort cultural (filosofía, arte, literatura); de ahí que acepten perfectamente oir a los exiliados alemanes estigmatizar su propio régimen por haber destruido esas comodidades. A sus ojos es un argumento suplementario en favor de la guerra.
¿Puede decirse que respetan la verdad los que gritan: «Guerra sin cuartel a Alemania, que es hoy la verdadera patria del «mal», la oficina del infierno, el trono del anticristo»? No. Los que así gritan son tontos, impotentes gentes peligrosas. Sus discursos tienden a la destrucción de un país, de un país entero con todos sus habitantes, pues los gases asfixiantes no perdonan a los inocentes.
Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso. Peroran sobre el «alemán», estigmatizan el «mal», y sus auditorios se interrogan: ¿Debemos dejar de ser alemanes? ¿Bastará con que seamos buenos para que el infierno desaparezca? Cuando manejan sus tópicos sobre la barbarie salida de la barbarie resultan impotentes para suscitar la acción. En realidad no se dirigen a nadie. Para terminar con la barbarie se contentan con predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la cultura. Eso equivale a limitarse a aislar algunos eslabones en la cadena de las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y los verdaderos responsables de las catástrofes aparecen claramente: los hombres. Vivimos una época en que el destino del hombre es el hombre.
El fascismo no es una plaga que tendría su origen en la «naturaleza» del hombre. Por lo demás, es un modo de presentar las catástrofes naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza combativa.
El que quiera describir el fascismo y la guerra grandes desgracias, pero no calamidades «naturales» debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras. Para presentar verídicamente un estado de cosas nefasto, mostrad que tiene causas remediables. Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.
IV. Cómo saber a quién confiar la verdad
Un hábito secular, propio del comercio de la cosa escrita, hace que el escritor no se ocupe de la difusión de sus obras. Se figura que su editor, u otro intermediario, las distribuye a todo el mundo. Y se dice: yo hablo, y los que quieren entenderme, me entienden. En la realidad, el escritor habla, y los que pueden pagar, le entienden. Sus palabras jamás llegan a todos, y los que las escuchan no quieren entenderlo todo.
Sobre esto se ha dicho ya muchas cosas, pero no las suficientes. Transformar la «acción de escribir a alguien» en «acto de escribir» es algo que me parece grave y nocivo. La verdad no puede ser simplemente escrita; hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos.
Para ser revelado, el bien sólo necesita ser bien escuchado, pero la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo. Para nosotros, escritores, es importante saber a quién la decimos y quién nos la dice; a los que viven en condiciones intolerables debemos decirles la verdad sobre esas condiciones, y esa verdad debe venirnos de ellos. No nos dirijamos solamente a las gentes de un solo sector: hay otros que evolucionan y se hacen susceptibles de entendernos. Hasta los verdugos son accesibles, con tal que comiencen a temer por sus vidas. Los campesinos de Baviera, que se oponían a todo cambio de régimen, se hicieron permeables a las ideas revolucionarias cuando vieron que sus hijos, al volver de una larga guerra, quedaban reducidos al paro forzoso.
La verdad tiene un tono. Nuestro deber es encontrarlo. Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: «yo soy incapaz de hacer daño a una mosca». Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo escucha. No trataremos como enemigos a quienes emplean este tono, pero no podrán ser nuestros compañeros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.
V. Proceder con astucia para difundir la verdad
Orgullosos de su valor para escribir la verdad, contentos de haberla descubierto, cansados sin duda de los esfuerzos que supone el hacerla operante, algunos esperan impacientes que sus lectores la disciernan. De ahí que les parezca vano proceder con astucia para difundir la verdad.
Confucio alteró el texto de un viejo almanaque popular cambiando algunas palabras: en lugar de escribir «el maestro Kun hizo matar al filósofo Wan», escribió: «el maestro Kun hizo asesinar al filósofo Wan». En el pasaje donde se hablaba de la muerte del tirano Sundso, «muerto en un atentado», reemplazó la palabra «muerto» por «ejecutado», abriendo la vía a una nueva concepción de la historia.
El que en la actualidad reemplaza «pueblo» por «población», y «tierra» por «propiedad rural», se niega ya a acreditar algunas mentiras, privando a algunas palabras de su magia. La palabra «pueblo» implica una unidad fundada en intereses comunes; sólo habría que emplearla en plural, puesto que únicamente existen «intereses comunes» entre varios pueblos. La «población» de una misma región tiene intereses diversos e incluso antagónicos. Esta verdad no debe ser olvidada. Del mismo modo, el que dice «la tierra», personificando sus encantos, extasiándose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de la clase dominante. Al fin y al cabo, ¡qué importa la fecundidad de la tierra, el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de la tierra no es nunca el que recoge el trigo, y «el gesto augusto del sembrador» no se cotiza en Bolsa. El término justo es «propiedad rural».
Cuando reina la opresión, no hablemos de «disciplina», sino de «sumisión» pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del mismo modo, el vocablo «dignidad» vale más que la palabra «honor», pues tiene más en cuenta al hombre. Todos sabemos qué clase de gente se precipita para tener la ventaja de defender el «honor» de un pueblo, y con qué liberalidad los ricos distribuyen el «honor» a los que trabajan para enriquecerlos.
La astucia de Confucio es utilizable también en nuestros días. También la de Tomás Moro. Este último describió un país utópico idéntico a la Inglaterra de aquella época, pero en el que las injusticias se presentaban como costumbres admitidas por todo el mundo.
Cuando Lenin, perseguido por la policía del Zar, quiso dar una idea de la explotación de Sajalín por la burguesía rusa, sustituyó Rusia por el Japón y Sajalín por Corea. La identidad de las dos burguesías era evidente, pero como Rusia estaba en guerra con el Japón la censura dejó pasar el trabajo de Lenin.
Hay una infinidad de astucias posibles para engañar a un Estado receloso. Voltaire luchó contra las supersticiones religiosas de su tiempo escribiendo la historia galante de «La Doncella de Orleans»: describiendo en un bello estilo aventuras galantes sacadas de la vida de los grandes. Voltaire llevó a éstos a abandonar la religión (que hasta entonces tenían por caución de su vida disoluta). De repente se hicieron los propagadores celosos de las obras de Voltaire y ridiculizaron a la policía que defendía sus privilegios. La actitud de los grandes permitió la difusión ilícita de las ideas del escritor entre el público burgués, hacia el que precisamente apuntaba Voltaire.
Decía Lucrecio que contaba con la belleza de sus versos para la propagación de su ateísmo epicúreo. Las virtudes literarias de una obra pueden favorecer su difusión clandestina. Pero hay que reconocer que a veces suscitan múltiples sospechas. De ahí la necesidad de descuidarlas deliberadamente en ciertas ocasiones. Tal sería el caso, por ejemplo, si se introdujera en una novela policíaca -género literario desacreditado- la descripción de condiciones sociales intolerables. A mi modo de ver, esto justificaría completamente la novela policíaca.
En la obra de Shakespeare se puede encontrar un modelo de verdad propagada por la astucia: el discurso de Antonio ante el cadáver de César. Afirmando constantemente la respetabilidad de Bruto, cuenta su crimen, y la pintura que hace de él es mucho más aleccionadora que la del criminal. Dejándose dominar por los hechos, Antonio saca de ellos su fuerza de convicción mucho más que de su propio juicio.
Jonathan Swift propuso en un panfleto que los niños de los pobres fueran puestos a la venta en las carnicerías para que reinara la abundancia en el país. Después de efectuar cálculos minuciosos, el célebre escritor probó que se podrían realizar economías importantes llevando la lógica hasta el fin. Swift jugaba al monstruo. Defendía con pasión absolutista algo que odiaba. Era una manera de denunciar la ignominia. Cualquiera podía encontrar una solución más sensata que la suya, o al menos más humana; sobre todo, aquellos que no habían comprendido a dónde conducía este tipo de razonamiento.
Militar a favor del pensamiento, sea cual fuere la forma que éste adopte, sirve la causa de los oprimidos. En efecto, los gobernantes al servicio de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para ellos lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que estos últimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un país cuando se muere de hambre. Es bajo dudar de un jefe que os conduce a la desgracia. El horror al trabajo que no alimenta al que lo efectúa es asimismo una cosa baja, y baja también la protesta contra la locura que se impone y la indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de vagos a los que pretenden ser pagados por trabajar, etc. Bajo semejante régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ¿Dónde ir para aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represión.
Sin embargo, el pensamiento triunfa todavía en ciertos dominios en que resulta indispensable para la dictadura. En el arte de la guerra, por ejemplo, y en la utilización de las técnicas. Resulta indispensable pensar para remediar, mediante la invención de tejidos «ersatz», la penuria de lana. Para explicar la mala calidad de los productos alimenticios o la militarización de la juventud no es posible renunciar al pensamiento. Pero recurriendo a la astucia se puede evitar el elogio de la guerra, al que nos incitan los nuevos maestros del pensamiento. Así, la cuestión ¿cómo orientar la guerra? lleva a la pregunta: ¿vale la pena hacer la guerra? Lo que equivale a preguntar: ¿cómo evitar la guerra inútil? Evidentemente, no es fácil plantear esta cuestión en público hoy. Pero ¿quiere decir esto que haya que renunciar a dar eficacia a la verdad? Evidentemente no.
Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una complicidad análoga, pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el sistema. Por ejemplo, los descubrimientos biológicos de Darwin eran susceptibles de poner en peligro todo el sistema, pero solamente la Iglesia se inquietó. La policía no veía en ello nada nocivo. Los últimos descubrimientos físicos implican consecuencias de orden filosófico que podrían poner en tela de juicio los dogmas irracionales que utiliza la opresión. Las investigaciones de Hegel en el dominio de la lógica facilitaron a los clásicos de la revolución proletaria, Marx y Lenin, métodos de un valor inestimable. Las ciencias son solidarias entre sí, pero su desarrollo es desigual según los dominios; el Estado es incapaz de controlarlos todos. Así, los pioneros de la verdad pueden encontrar terrenos de investigación relativamente poco vigilados. Lo importante es enseñar el buen método, que exige que se interrogue a toda cosa a propósito de sus caracteres transitorios y variables. Los dirigentes odian las transformaciones: desearían que todo permaneciese inmóvil, a ser posible durante un milenio: que la Luna se detuviese y el Sol interrumpiese su carrera. Entonces nadie tendría hambre ni reclamaría alimentos. Nadie respondería cuando ellos abriesen fuego; su salva sería necesariamente la última.
Subrayar el carácter transitorio de las cosas equivale a ayudar a los oprimidos. No olvidemos jamás recordar al vencedor que toda situación contiene una contradicción susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante método -la dialéctica, ciencia del movimiento de las cosas- puede ser aplicado al examen de materias como la biología y la química, que escapan al control de los poderosos, pero nada impide que se aplique al estudio de la familia; no se corre el riesgo de suscitar la atención. Cada cosa depende de una infinidad de otras que cambian sin cesar; esta verdad es peligrosa para las dictaduras.
Pues bien, hay mil maneras de utilizarla en las mismas narices de la policía. Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren evitar a todo precio que, en la miseria, se piense en el Gobierno. De ahí que hablen de destino. Es al destino, y no al Gobierno, al que atribuyen la responsabilidad de las deficiencias del régimen. Y si alguien pretende llegar a las causas de estas insuficiencias, se le detiene antes de que llegue al Gobierno.
Pero en general es posible reclinar los lugares comunes sobre el destino y demostrar que el hombre se forja su propio destino. Ahí tenéis el ejemplo de esa granja islandesa sobre la que pesaba una maldición. La mujer se había arrojado al agua, el hombre se había ahorcado. Un día, el hijo se casó con una joven que aportaba como dote algunas hectáreas de tierra. De golpe, se acabó la maldición. En la aldea se interpretó el acontecimiento de diversos modos. Unos lo atribuyeron al natural alegre de la joven; otros a la dote, que permitía, al fin, a los propietarios de la granja comenzar sobre nuevas bases. Incluso un poeta que describe un paisaje puede servir a la causa de los oprimidos si incluye en la descripción algún detalle relacionado con el trabajo de los hombres. En resumen: importa emplear la astucia para difundir la verdad.
Conclusión
La gran verdad de nuestra época -conocerla no es todo, pero ignorarla equivale a impedir el descubrimiento de cualquier otra verdad importante- es ésta: nuestro continente se hunde en la barbarie porque la propiedad privada de los medios de producción se mantiene por la violencia. ¿De qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie si no se dice claramente por qué? Los que torturan lo hacen por conservar la propiedad privada de los medios de producción.
Ciertamente, esta afirmación nos hará perder muchos amigos: todos los que, estigmatizando la tortura, creen que no es indispensable para el mantenimiento de las formas actuales de propiedad.
Digamos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en nuestro país; así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales relaciones de producción. Digámoslo a los que sufren del statu quo y que, por consiguiente, tienen más interés en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios de producción.
Bertolt Brecht
Berlín (Alemania), 1934.
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